Esperaba… Y ya no espero.
Te esperaba en casa, vestida con una de tus camisas olvidadas. Te esperaba. Empecé a fumar pese a que sé que no debiera hacerlo, pese a que todo el mundo me había dicho lo mal que quedaba un cigarrillo entre mis dedos. Hasta tú, que normalmente eras el que liabas maría para mí, te habías atrevido a comentar lo vulgar del humo nublando mis ojos.
Abracé tu foto. Salí a buscarte a la calle con la camisa aún desabrochada, con las vecinas contemplándome fascinadas.
Te esperaba ya por pura inercia. Te esperaba, sin esperanzas ni promesas. Sabiendo que había tantas posibilidades de que aparecieses como las que tenía la negación de la atracción gravitatoria sobre el resto de los cuerpos del universo. Los nuestros ya se hallaban fuera de ésta y de otras tantas teorías.
Entonces comprendí que quizá no nos amábamos tanto como para aguantar el que dirán, como para que perdieras hasta tu sombra.
Así que te dejé ir, sin correr a buscarte ni plantear el amor nuestro como ecuación con
solución comprendida en el campo de los reales. Aquel mismo día me di cuenta de que, a veces, una ha de ser más caprichosa, o más generosa.